Yo sí quiero ser tu mamá”: el día en que Gabriela y Delfina se eligieron
Actualizado: hace 1 día
Gabriela Fernández, maestra y psicopedagoga sanjuanina, decidió maternar sola a los 40 años. Cuando conoció a Delfina, una nena que creía que nadie la adoptaría por su edad, nació un hogar marcado por la verdad, la empatía y la paciencia.
Por Clara Salinas
Gabriela Fernández Ahillón recuerda el comienzo de su historia como mamá y se emociona al contarlo. Durante años esperó el momento “ideal” para tener hijos: estabilidad económica, una casa en orden, un trabajo seguro o la pareja indicada. Sin embargo, ese momento no llegaba y ella sabía bien que no necesitaba estar en pareja para cumplir su deseo. Con el paso del tiempo inició tratamientos de fertilización asistida para saber por qué no podía quedar embarazada de manera natural. Tras atravesar pérdidas, descubrir que le faltaba una trompa de Falopio y estar cerca de los 40 años, decidió no seguir sometiendo su cuerpo a ese desgaste y abrirle paso a la adopción. Hoy es mamá de Delfina, una niña que, desde sus 10 años, la eligió a ella para formar una familia.
En la casa de Gabriela Fernández Ahillón la solidaridad fue una constante. Desde pequeña había visto a sus padres recibir a familiares y amigos que necesitaban un lugar donde quedarse, por lo que tener más personas en casa era algo natural para ella. Cuando les contó que iba a adoptar como madre soltera, la respuesta de su familia fue contundente: “Si vas a traer a un niño, que sea para quedarse”.
La elección de adoptar a una nena de 10 años surgió de manera reflexiva, tras haber compartido mucho tiempo con su sobrina de esa misma edad durante la cuarentena de 2020. En febrero de 2021 sacó turno en el Registro Único de Aspirantes a la Adopción (RUA) y entre abril y septiembre de ese mismo año atravesó la etapa de entrevistas y evaluaciones profesionales.
En Argentina, el panorama de la adopción revela una realidad compleja. Según los datos del Registro Nacional de Aspirantes (DNRUA) y los organismos de Niñez, en el país hay alrededor de 2.200 niños, niñas y adolescentes en situación de adoptabilidad, pero cada año se concretan un promedio de entre 400 y 500 adopciones. Más del 80% de las familias inscriptas busca bebés o niños menores de 3 años. A medida que los chicos crecen y superan los 8 o 10 años, lo que en el sistema se conoce como adopción tardía, las posibilidades de encontrar un hogar disminuyen de manera drástica. En la provincia de San Juan esta tendencia se repite, sumada a los prejuicios que aún persisten sobre la adopción por parte de personas solas o monoparentales.
La historia de Gabriela quizás sea la de muchas otras personas que vivieron esta experiencia de buscar una familia. El 1 de diciembre de 2021 llegó la llamada más esperada: desde el juzgado le informaron que una nena llamada Delfina buscaba una mamá sola, con mascota y una familia grande. Gabriela daba exactamente con ese perfil y aceptó en el acto.
Tras el receso de la feria judicial de verano, el 28 de marzo de 2022 no fue un día más para Gabriela. Cruzó la puerta de la residencia infantil para conocer finalmente a la pequeña de 10 años que iba a cambiar su vida. La nena había crecido con un temor muy común entre los chicos institucionalizados: la creencia de que, al llegar a los 10 años de edad, los adultos ya no quieren adoptarlos porque prefieren niños más pequeños. Gabriela desde ese primer instante, le hizo saber que no se trataba de su última oportunidad en la vida, marcando el inicio de las muchas posibilidades que tendría por delante.
El primer puente hacia ese encuentro fue un libro hecho a mano. Sabiendo que a Delfina le costaba leer y escribir convencionalmente, Gabriela preparó un álbum artesanal lleno de imágenes de su casa, de sus futuros abuelos, de su mascota y una foto suya. También agregó palabras cortas para presentarse. Este material fue entregado previamente a la nena a través del personal del hogar. En ese momento Delfina todavía no conocía personalmente a Gabriela, pero llevó el álbum a escondidas a la escuela y se lo mostró a sus compañeros, orgullosa de decir que esa mujer era su mamá.
Cuaderno de Delfina Y Gabriela
Aquel mismo 28 de marzo de 2022, el día en que se vieron frente a frente en la residencia, Delfina le hizo una pregunta que Gabriela todavía recuerda: “¿Querés ser mi mamá?”. Ella le respondió: “Yo sí quiero ser tu mamá, ¿pero vos querés ser mi hija?”. Gabriela contaba con emoción que aquel “sí” no fue una simple respuesta, significó el inicio de un pacto firme entre ambas.
Un mes y medio después de conocerse, en mayo de 2022, Delfina ya empezaba a quedarse algunos días en la casa, pero todavía tenía que volver a la residencia. En una de esas ocasiones, cuando llegó el momento de llevarla nuevamente, la nena rompió en llanto porque pensaba que iba a quedarse allí y que Gabriela la devolvería. Ante esa situación, Gabriela llamó a la trabajadora social y fue categórica: “No te la llevo, se queda en mi casa”. A partir de ese momento se aceleraron los trámites formales de la guarda.
Poco después, la nena decidió dejar atrás su nombre anterior, Zaira, porque le traía malos recuerdos. Eligió llamarse Delfina, el nombre que le había dado su abuela materna biológica y que asociaba con un recuerdo sano de sus orígenes.
A pesar de su formación como maestra jardinera, psicopedagoga y coach ontológica, Gabriela asumió desde el principio que al llegar a casa su lugar era exclusivamente el de mamá. Por eso decidió no evaluar profesionalmente a Delfina y buscó ayuda de psicólogas y psicopedagogas externas. “En ningún momento evalué a mi hija, ella no es mi conejito de Indias”, explicaba.
Para acompañar la adaptación, se tomó la licencia de maternidad completa y organizó su vida según las necesidades de la nena. Incluso vendió su auto para poder acomodarse en el departamento donde viven actualmente. También buscaba acompañarla en sus miedos cotidianos: como Delfina tenía mucho pánico a las agujas, Gabriela se aplicaba las vacunas junto con ella para transmitirle seguridad. Entendió que maternar a una niña grande significaba acompañar no solo su presente, sino también sanar etapas del pasado.
Detrás del aprendizaje de la lectura o la escritura en la escuela, había vivencias emocionales que necesitaban su propio tiempo. Por ejemplo, descubrir a Delfina jugando durante 45 minutos bajo el agua de la ducha no era una simple travesura, representaba la oportunidad de regalarle la infancia que no había tenido antes.
Acompañada por un equipo de psicopedagogas, fonoaudiólogas y psicólogas, pero fundamentalmente con paciencia y límites amorosos, la casa se llenó de rutinas compartidas. Delfina no solo encontró una madre, sino que descubrió una red familiar que la abrazó. Se transformó en una compañera inseparable de sus abuelos, a quienes cuida con ternura recordándoles el horario de sus remedios. Aprendió a disfrutar del agua en natación, avanza en la escuela secundaria, viaja sola en colectivo por el centro de la ciudad y acompaña con entusiasmo a Gabriela en sus viajes de trabajo a San Luis.
Aceptar la adopción de una niña grande también significó para Gabriela tener en cuenta su historia y los vínculos que ya tenía. Delfina tenía tres hermanos y, tiempo después de que ambas empezaran a formar su familia, surgió la posibilidad de que su hermana mayor, de 16 años, también pudiera vivir con ellas. Gabriela decidió abrirle las puertas de su casa con una premisa sencilla: “Donde comemos dos, comemos tres”.
Sin embargo, la convivencia no fue sencilla. La hermana mayor de Delfina tenía expectativas diferentes y, después de unos seis meses viviendo juntas, decidió irse.
Gabriela reconocía que fue un momento difícil, pero entendió que no podía decidir por ella. Delfina, por su parte, mantuvo la certeza de que su hogar estaba con Gabriela. A pesar de lo ocurrido, la nena conservó el cariño por su hermana. Cuando Gabriela le preguntó qué pasaría con ese vínculo, la pequeña respondió: “Vos le diste la posibilidad y ella no la aprovechó”. Luego agregó con madurez: “Ya lo arreglaré con mi hermana cuando seamos adultas” Para Gabriela, esas respuestas mostraron cuánto había crecido su hija y la manera en que estaba aprendiendo a entender su propia historia.
Al hablar del rol de la sociedad y del sistema de adopción, Gabriela se muestra firme. Desde su experiencia como profesional y como madre, cuestiona la lentitud de las instituciones de niñez y la escasez de profesionales en las residencias. A su vez, sostiene que a los chicos no hay que mirarlos con lástima ni tratarlos de “pobrecitos”. Para ella, es fundamental hablarles con la verdad, mostrarles la realidad y enseñarles que son personas fuertes y capaces de salir adelante.
Según la mirada de Gabriela, la adopción no es como muestran las películas ni significa que todo se acomoda de un día para otro. Explicaba que se trata de un proceso real que requiere tiempo, presencia, acompañamiento y límites sanos.
En la actualidad, la casa está llena de proyectos. Viajar juntas a San Luis se ha convertido en su escapada mensual obligada, una aventura que ambas planifican con entusiasmo. Con 15 años, Delfina sueña con estudiar coaching a los 18 para seguir los pasos de Gabriela y afirma que, cuando sea grande, ella también quiere adoptar.
Al reflexionar sobre el camino iniciado en 2021, Gabriela suele definirse como “kamikaze”, pero afirma con seguridad: “No estoy arrepentida de mi hija. Es lo más bello que me pudo haber pasado. Si tuviera que volver a hacerlo, lo haría sin dudar”. Madre e hija demuestran a diario que una familia no se define por la sangre, sino por la decisión consciente de cuidarse y elegirse todos los días.

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