“Hay que desarmar la figura del hijo soñado”
La directora del Registro Único de Adopción (RUA) de San Juan aborda la brecha entre las expectativas de los postulantes y la realidad de los niños que esperan un hogar, señalando los miedos y prejuicios que retrasan los procesos de vinculación.
Por Santiago Sierra
En el sistema de adopción de San Juan existe una marcada brecha entre la familia que los adultos imaginan y la realidad de los niños que esperan un hogar. Aunque el Registro Único de Adopción (RUA) cuenta con un número considerable de legajos de aspirantes evaluados y en regla, la mayoría de estas carpetas permanece congelada a la espera de un perfil muy específico: bebés o niños de hasta 3 años y sin ningún tipo de patología. Por otra parte, la realidad de quienes aguardan una familia difiere de esas expectativas, ya que suelen ser chicos mayores de ocho años, grupos de hermanos o niños con diferentes diagnósticos médicos.
Para comprender la magnitud de este problema desde adentro, Teresita Rodríguez, directora del RUA en la provincia, aporta su análisis basado en el trabajo diario de evaluación y acompañamiento técnico. Desde la gestión institucional, la funcionaria explica cómo operan los filtros y qué miedos condicionan las decisiones de quienes buscan adoptar.
Esta distancia entre lo que se busca y lo que existe revela los condicionamientos culturales del proceso. Según estadísticas realizadas por el RUA en la provincia, entre el 80 % y el 85 % de las personas inscriptas no acepta adoptar a niños con enfermedades o discapacidad, aceptando únicamente patologías leves. Cuando se plantea la posibilidad de alojar a niños con enfermedades crónicas o afecciones degenerativas, la negativa suele ser casi total desde el inicio del trámite.
“Detrás de esta negativa no hay una mala voluntad, sino una red de miedos no resueltos”, sostiene Rodríguez. La funcionaria señala que los aspirantes manifiestan dificultades puntuales: “Aparecen temores como la falta de recursos económicos para costear tratamientos prolongados e insumos, la incertidumbre sobre la autonomía futura del niño cuando sea adulto y la resistencia al aislamiento social por las exigencias del diagnóstico”.
Esta postura genera una paradoja en el sistema: mientras que una familia que exige un recién nacido sano puede permanecer años en la lista de espera sin ser citada, los legajos dispuestos a alojar a niños con necesidades de salud activan sus procesos de vinculación con gran rapidez, impulsados por la urgencia del Estado de restituir sus derechos.
Ante este escenario, el trabajo del equipo interdisciplinario del RUA no busca juzgar, sino acompañar. Se trabaja a través de talleres grupales y entrevistas en profundidad con el objetivo central de confrontar las expectativas de los adultos con las necesidades reales de los chicos.
“Trabajamos para desarmar la figura del hijo soñado y confrontarla con la realidad del hijo real que aguarda en las residencias estatales”, remarca Rodríguez. En este proceso, la evaluación técnica trasciende lo económico. “El factor determinante resulta ser la red de apoyo, es decir, la familia, los vecinos y la comunidad, para evitar el colapso emocional de los cuidadores”, añade la directora.
Cuando los registros provinciales y nacionales agotan sus carpetas sin hallar respuesta para un caso complejo, la Justicia de Familia recurre a las convocatorias públicas. Según destaca la funcionaria, “estos llamados abiertos a la comunidad suelen despertar en San Juan una fuerte respuesta solidaria, logrando vinculaciones muy exitosas con personas que no estaban inscriptas pero mostraron la apertura humana que el sistema tradicional no ofrecía”.
Una vez concretada la adopción, la contención requiere de una articulación interinstitucional entre el Ministerio de Desarrollo Humano, para el seguimiento de la guarda; el Ministerio de Salud, para la prioridad en turnos y trámites del Certificado Único de Discapacidad (CUD); y el Ministerio de Educación, para los apoyos pedagógicos.
Sin embargo, el desafío de fondo sigue siendo cultural. Como concluye la directora del RUA: “Es fundamental abandonar la mirada adultocéntrica, aquella que entiende la adopción únicamente como un método para resolver la imposibilidad de ser padres, y entender que la filiación no depende de un diagnóstico médico perfecto, sino de la decisión irrenunciable de cuidar”.
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